El eco que la costa no pudo silenciar: Una historia para Van Der Dijs
Hacer rock en Venezuela siempre ha tenido algo de quijotesco, de hermosa terquedad. Requiere una dosis extra de valentía encerrarse a ensayar, a pulir distorsiones y a gritar verdades en un cuarto, apostándolo todo por un sonido. Esa era la rutina sagrada de Manuel, Gabriel, Xander y Abraham. Cuatro muchachos que, bajo el nombre de Van Der Dijs, le estaban devolviendo una electricidad urgente y necesaria a la movida musical del país con una fusión impecable de nu metal, rap rock y rock alternativo. Tenían la urgencia de la juventud y el talento para respaldarla. Sin embargo, la tarde del pasado miércoles 24 de junio de 2026, la caligrafía impredecible del destino se interpuso. El suelo de La Guaira tembló con violencia y el Edificio Costanar II, en el sector de Tanaguarena, se vino abajo. Allí mismo, frente al Club Caraballeda, entre el polvo y los acordes que quedaron suspendidos en el aire salobre de la costa, se apagaron sus voces. Estaban haciendo lo que más amaban: tocar.
La historia de la banda había comenzado a tomar una fuerza imparable un par de años atrás, en 2024, en Caracas. No eran un proyecto fortuito. Manuel Van Der Dijs, la voz y el líder de la banda, contagiaba a todos con su brillantez; en la Universidad Metropolitana lo recuerdan como un apasionado absoluto de la crónica y la identidad del pop-rock nacional. A su lado, Gabriel Gómez esculpía en la guitarra esos riffs pesados y atmósferas oscuras que encajaban a la perfección con el pulso urbano del bajo de Xander Hernández —quien dio una batalla tremenda en el hospital tras ser rescatado— y los golpes certeros, llenos de groove, de Abraham Foucault en la batería. Dos de ellos, además, pasaban sus horas libres estudiando ingeniería en la comunidad de sonido Audioplace, obsesionados con que la banda sonara con la mayor factura posible.

Esa complicidad los llevó volando a escenarios importantes. Su paso por el Festival Nuevas Bandas 2025 fue el momento en que el circuito underground supo que el grupo iba en serio. Sobre la tarima demostraron que la crudeza de la lírica urbana y el poder del metal podían convivir y sonar frescos, regalándole a sus seguidores himnos como «15 Minutos», «VENPAKA» y esa pieza premonitoria que hoy desgarra el alma al escucharla, «¿DÓNDE ESTÁN?».
Lo más doloroso de los relatos trágicos es la cercanía que tienen con la gloria. Apenas una semana antes del sismo, Van Der Dijs había dejado el alma en la Sala Experimental del Centro Cultural de Arte Moderno (CCAM) en Caracas, como parte del ciclo «El Hades». Quienes estuvieron allí narran que la energía en esa sala era desbordante, una fiesta de saltos, distorsión y, sobre todo, la simpatía de unos chamos que se sabían dueños de su futuro. El mapa de los próximos meses ya estaba trazado: una gira que los traería pronto a Valencia y Punto Fijo, la preproducción de nuevos temas y el crecimiento natural de su propuesta.
Aquel miércoles, la fatalidad derribó el techo del lugar de ensayo, y la noticia corrió como un frío amargo que apagó las radios. El luto se extendió rápido por los pasillos de La Mega 107.3, los portales culturales del país e incluso en las páginas de la revista Rolling Stone. La pérdida duele en lo más profundo porque no solo se fueron cuatro grandes amigos, hijos y estudiantes dedicados; se fue un pedazo enorme del futuro musical de Venezuela.
Este relato no busca ser un obituario inerte, sino un pequeño y respetuoso homenaje a su ruido. Las paredes de Tanaguarena pudieron ceder, pero las frecuencias de sus canciones ya forman parte del inventario del rock nacional. Queda la estampa de cuatro jóvenes que decidieron hacer frente a la vida con un amplificador encendido. El sismo detuvo los instrumentos esa tarde, pero la música de Van Der Dijs se queda flotando en el ambiente, sonando con fuerza para ganarle la batalla al olvido.
